Los difusores de perfume, también conocidos como mikados, son objetos decorativos que perfuman agradablemente su interior. Su principio es sencillo: aprovechan la capilaridad, un fenómeno físico que permite a un líquido circular por un material poroso como la madera, el papel o el tejido. El líquido es atraído por las moléculas del material que lo rodea y se desplaza a lo largo de él.
Un difusor de perfume se compone de un frasco lleno de líquido perfumado y de varillas sumergidas en él. Cada varilla está hecha de un material poroso, como la madera, el ratán o el bambú, y presenta numerosos intersticios entre sus fibras, que sirven de canales al líquido perfumado. Este sube por capilaridad hasta el extremo de la varilla, donde se evapora y difunde su aroma en el aire. Las varillas pueden fabricarse con materiales naturales o sintéticos.

Líquido perfumado

Capilaridad
El perfume se difunde de forma constante, lo que refuerza la intensidad de las notas de salida, las más volátiles, frente a las notas de fondo, las más persistentes. (Para saber más sobre la composición de un perfume, consulte nuestro artículo sobre la pirámide olfativa).
El difusor funciona por capilaridad: a diferencia de una vela, no hay combustión. Además, el difusor difunde el perfume de forma permanente, lo que lo convierte en el complemento de la vela perfumada.
La duración media de un difusor de perfume es de un mes para un difusor de 100 ml y puede llegar a varios meses en los difusores más grandes. Esta duración puede variar según el tamaño del frasco, el número de varillas o las condiciones climáticas. Cuantas más varillas utilice, más rápido se evaporará el líquido y más intenso será el aroma. Para prolongar la vida de su difusor, existen recargas. Es además un gesto ecológico y económico. El difusor es el complemento ideal de las velas perfumadas.





